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Bomberos de Argentina 06 / 02 /2014

Los bomberos, como una gran familia atravesada por el drama


Al dolor ineludible que produce la muerte –tanta muerte–, se sumó el desconcierto ante lo inesperado. Las primeras dotaciones de bomberos llegaron al depósito de Barracas para hacer lo que saben hacer: ayudar a los que necesitan. Nada hacía suponer que, en pocos minutos, ellos pasarían a ser los que precisaban ayuda. Las llamas que no cedían se mezclaron con escombros, confusión, lágrimas, abrazos, historias compartidas. Porque, además de la vocación de servicio, los bomberos tienen otro rasgo en común: la mayoría pertenece a familias que llevan generaciones en la fuerza. Como Anahí Garnica, que era hija de un bombero y se casó con otro.

Eduardo Conesa, que compartía con sus hijos la labor voluntaria en Lanús Oeste. O Sebastián Campos, que se había criado en el cuartel de Vuelta de Rocha-La Boca. Familia. Hermanos. Amigos.

¿Es posible anticipar una situación así? “Muchas veces hacemos bromas y decimos que Dios nos acompañe. Hoy parece que se bajó de la dotación”, respondía ayer Juan Ramón Muñoz, comandante mayor jefe del Cuerpo de San Telmo, en C5N. Más temprano Carlos Ferlise, presidente del Consejo Nacional de Federaciones de Bomberos Voluntarios de la República Argentina, le había dicho a Clarín: “Ningún incendio es igual a otro, eso lo saben todos los bomberos. Esto que pasó fue una fatalidad, al punto que escapa a los protocolos. Podría decirse que el diablo, a veces, mete la cola: generalmente las paredes se caen para adentro”.

Antonio Sette, director general del cuartel de Vuelta de Rocha (en 2008 ya había sufrido la muerte de dos bomberos en otro incendio), suma preguntas. “Te empieza a jugar el por qué nosotros. Estábamos haciendo mucha capacitación”, repite. ¿Cómo se sigue? “Ahora estamos para contener el grupo interno, el grupo familiar, y en la medida que vayamos viendo volveremos a salir a la cancha. Nuestra gente es una familia”, avanza.

María del Carmen Cabral lo confirma. “Casi todos los bomberos vienen de una familia bomberina”, dice. Su mamá era voluntaria; su papá, jefe del cuartel de Dock Sud; se casó con un bombero y sus tres hijos son bomberos (dos en La Boca); su hermano, su cuñada y su sobrina también son bomberos. “Iba a los cuarteles desde los seis años, mis hijos también fueron desde chiquitos. Es una tradición que también hace que los chicos quieran ser bomberos porque ven a los padres y se entusiasman con el camión, con las sirenas, con todo”, explica. Y avanza: “Es un orgullo, pero también estás con el corazón en la boca. Suena la sirena y no importa si es de día o de noche, un cumpleaños o Navidad, ellos salen corriendo. Siempre los despido con un ‘te quiero’ porque la realidad es que no sabés si van a volver”.

Juan Scarpello, compañero de Eduardo Conesa como voluntario en Lanús Oeste desde hace 18 años, hablaba en TN de “los hijos de todos” cuando se refería a los hijos de ambos, también bomberos. “Está en la genética: la pasión y la vocación de servicio. Nuestra misión es proteger vidas y bienes de terceros y eso es más fuerte que cualquier cosa. Cada vez que suena la alarma es porque hay alguien que está en inferioridad de condiciones y necesita ser socorrido. Sabemos que cuando uno sale a una emergencia corre riesgos, pero nadie está preparado para la muerte”, define. ¿Qué es para él ser bombero? “No sé, es maravilloso. Acostarme cada noche sabiendo que cumpliste con tu obligación, como persona y como ciudadano”, responde.

fuente Diario Clarin




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